En un mundo obsesionado con la conservación y la preservación, hay una verdad fundamental que a menudo pasamos por alto: las cosas vivas no se pueden conservar. De forma inevitable sabemos que todo lo vivo está sujeto al cambio, la decadencia y la muerte. Esta realidad nos invita a reflexionar sobre la naturaleza efímera de la vida y del mismo modo nos lleva a apreciar cada momento que tenemos con las cosas vivas que nos rodean.
En el corazón de esta reflexión yace la paradoja misma de la vida y la muerte. A medida que celebramos el milagro de la vida, también debemos aceptar su fragilidad y darnos cuenta de que es algo transitorio. La muerte es una parte inevitable del ciclo de la vida, recordándonos la impermanencia de todas las cosas vivas. Aceptar esta realidad a veces puede parecer desgarrador, pero quizás también podemos ver la belleza que hay escondida en la transitoriedad. Cada momento fugaz, por ejemplo junto a un ser humano querido o junto a una planta que florece, se vuelve precioso precisamente porque sabemos que no durará para siempre.
Esta comprensión nos llama a apreciar el momento presente y a vivir con plenitud cada experiencia que compartimos con las cosas vivas que amamos. En lugar de aferrarnos a la ilusión de la permanencia, podemos encontrar consuelo y alegría en la conexión genuina que compartimos con el mundo natural y con los seres queridos.
El poder reconocer esto nos invita a reflexionar sobre el impacto de nuestras acciones en el mundo natural y en las relaciones humanas. ¿Cómo podemos vivir de manera más consciente y respetuosa con todas las formas de vida que nos rodean? ¿Cómo podemos cultivar relaciones significativas que enriquezcan nuestras vidas y las de los demás?
Aunque las cosas vivas no se pueden conservar para siempre en su forma actual, podemos darnos cuenta de cómo su energía y su esencia continúan en el ciclo de la renovación y transformación. Las plantas se descomponen, los animales muertos se convierten en alimento para otros organismos, y las personas fallecidas viven a través de sus legados y recuerdos. Y todo esto es algo muy bonito, que si podemos apreciar y sentir, puede ayudarnos a nutrir nuestra alma, a crecer como personas y a vivir nuestra vida desde otro lugar, invitándonos a abrazar la vida con gratitud, humildad y amor.
Cada flor que se marchita, cada animal que muere y cada persona que perdemos nos recuerda la fragilidad y la belleza de la existencia. En lugar de resistirnos al flujo natural de la vida, podemos encontrar consuelo y paz en abrazar su transitoriedad y celebrar cada momento que tenemos juntos.
Elisabet Gil García
Psicóloga General Sanitaria 22446
Psicóloga experta en tratamiento del trauma, psicología perinatal, apego y crianza.
Facilitadora del Círculo de Seguridad Parental (COSP)
Consteladora familiar